- ¡¡Atención!! Soldado Bermudez.
- Si, Coronel.
- Deme el parte de muertos del primer día de batalla, quiero creer que no serán muchos.
- No, señor. Tenemos 2 hombres que amanecieron muertos por hipotermia, Coronel. Tres bajas a causa de una explosión de granada en el sector “arboleda”. Seis muertos en enfrentamientos cuerpo a cuerpo y ocho heridos de bala con compromiso de vida. El total es de once muertos y ocho heridos, Coronel.
- ¿Cómo?
- Once muertos y ocho heridos, Coronel.
- ¿Cómo? ¿Ninguno ha muerto de amor?
- No entiendo, Coronel.
- ¿Ninguno ha muerto de amor Bermudez? ¿Ninguno murió de nostalgia? ¿Ninguno Bermudez, ninguno?
- Ninguno, Coronel.
- Pues entonces, ¡Hemos perdido la guerra!. Dios mío, ninguno murió de amor Bermudez, ninguno. Comuníqueselo al General, dígale que he decidido declarar el rendimiento, explíquele las causas, dígaselo.
- Pero, Coronel. Oiga Coronel, no se marche hombre, Coronel, aún falta demasiado. ¡Coronel!¡Coronel!
- Ninguno ha muerto de amor, ¡Madre Santa! Ninguno de nostalgia, ninguno de tristeza, solamente las balas los matan, dios mío, ninguno, ninguno. Dios mío.
viernes, julio 18
lunes, julio 7
Estamos acá, date cuenta che. Si nos vienen a buscar, no hay que correr, serenate un poco. No, no tanto, que se te escuche, bajito aunque sea, pero que se te escuche. Ahí está. A veces no basta con mirar. Hay que pisar un poco más fuerte, que tiemble el piso si es necesario. Total, si abrís la ventana lo vas a sentir. El frío digo, no ves que están todos callados. Algunos dirían que necesitan una balacera. Seguramente tengan razón, sino, no entienden. ¿Cómo qué? que se están muriendo, ¿No ves?
Hoy a la mañana pensé que iba a ser el último día del mundo. Y, a la vez, pensé cómo sería el ultimo día del mundo. Digamos que no arribé a ninguna conclusión maravillosa. O mejor dicho, no arribé a ninguna conclusión. Pero sí, y esto lo digo en voz alta, deduje que por una vez, todos debiéramos descalzarnos. Claro, así, aunque sea el último día, estaríamos todos iguales. Porque ahí está la cosa, en los pies, desnudos o calzados, siempre en los pies, y ahí la diferencia.
Eso, siempre lo creí, lo de los pies. Porque, del ser humano, no debe haber nada más bonito.
Mirá lo que te digo, agarralo con los dedos y moldealo como plastilina, a ver si me entendés, si mañana dijeran que pasado mañana todos van a morir, la cuestión sería otra. Ahí empezaría a jugar con las pelotitas de colores el más sorete y se vestiría de smoking hasta el más payaso. Es así como funciona la ruleta de este universo, tan pequeño y moribundo, los actores se pasan los papeles, se cambian los disfraces y se mueren creyendo que las cosas la hicieron bien, aunque sea el último minuto. Pero... pero, allá abajo, una o dos capas más abajo, paralelamente a hoy, o a mañana, cuando sea, hay otro día, y ese, no se acaba nunca, creeme. Ese, empieza y termina a las misma hora, siempre a las tres, como si el tiempo no corriera, o, todo lo contrario, lo hiciera muy rápido para que nadie se de cuenta de ese “ahí abajo”. Es que después de todo ¿Quién sabe del tiempo, no?
Acá arriba nadie se da cuenta que hay gente ahí abajo. A pesar de los gritos, los golpes y los escándalos en medio de la madrugada. Debe ser, porque tienen los pies demasiado calzados. Por eso te digo que por una vez deberían quemarse todas las suelas y ponerse en el piso todos los pies de la humanidad. Ahí está el quid de la cuestión, ahí.
Lo peor, y lo mas insensato pobrecitos, es que a pesar de que las manos las tienen casi siempre desnudas, no advirtieron todavía la capa de más arriba. Si levantaran los brazos podrían sentir al tacto la tierra que cae por los zapateos de los otros, a los que nunca se les vio el rostro, pero que tienen nombre y apellido, eso sí. Capaz, que hasta tienen dos.
Es así, cuando el hombre sepa dar el uso que merecen las manos y los pies, el mundo va dar una vuelta carnero y al fin se pondrá patas para abajo. Mientras tanto, sigue girando, pero al revés, buscando la posición más cómoda. Es que hay tanta gente con los miembros amputados al ras de las articulaciones. Tanta gente.
Hoy a la mañana pensé que iba a ser el último día del mundo. Y, a la vez, pensé cómo sería el ultimo día del mundo. Digamos que no arribé a ninguna conclusión maravillosa. O mejor dicho, no arribé a ninguna conclusión. Pero sí, y esto lo digo en voz alta, deduje que por una vez, todos debiéramos descalzarnos. Claro, así, aunque sea el último día, estaríamos todos iguales. Porque ahí está la cosa, en los pies, desnudos o calzados, siempre en los pies, y ahí la diferencia.
Eso, siempre lo creí, lo de los pies. Porque, del ser humano, no debe haber nada más bonito.
Mirá lo que te digo, agarralo con los dedos y moldealo como plastilina, a ver si me entendés, si mañana dijeran que pasado mañana todos van a morir, la cuestión sería otra. Ahí empezaría a jugar con las pelotitas de colores el más sorete y se vestiría de smoking hasta el más payaso. Es así como funciona la ruleta de este universo, tan pequeño y moribundo, los actores se pasan los papeles, se cambian los disfraces y se mueren creyendo que las cosas la hicieron bien, aunque sea el último minuto. Pero... pero, allá abajo, una o dos capas más abajo, paralelamente a hoy, o a mañana, cuando sea, hay otro día, y ese, no se acaba nunca, creeme. Ese, empieza y termina a las misma hora, siempre a las tres, como si el tiempo no corriera, o, todo lo contrario, lo hiciera muy rápido para que nadie se de cuenta de ese “ahí abajo”. Es que después de todo ¿Quién sabe del tiempo, no?
Acá arriba nadie se da cuenta que hay gente ahí abajo. A pesar de los gritos, los golpes y los escándalos en medio de la madrugada. Debe ser, porque tienen los pies demasiado calzados. Por eso te digo que por una vez deberían quemarse todas las suelas y ponerse en el piso todos los pies de la humanidad. Ahí está el quid de la cuestión, ahí.
Lo peor, y lo mas insensato pobrecitos, es que a pesar de que las manos las tienen casi siempre desnudas, no advirtieron todavía la capa de más arriba. Si levantaran los brazos podrían sentir al tacto la tierra que cae por los zapateos de los otros, a los que nunca se les vio el rostro, pero que tienen nombre y apellido, eso sí. Capaz, que hasta tienen dos.
Es así, cuando el hombre sepa dar el uso que merecen las manos y los pies, el mundo va dar una vuelta carnero y al fin se pondrá patas para abajo. Mientras tanto, sigue girando, pero al revés, buscando la posición más cómoda. Es que hay tanta gente con los miembros amputados al ras de las articulaciones. Tanta gente.
viernes, junio 27
Historia de un poeta preso.
Es un arma más bonita para la resistencia, un poco menos útil que otras armas, creo que igual vale.
Ahi va.
Yo lo miré y supe que lo iba a matar. O mejor dicho, lo supe desde antes, pero no tiene importancia cuándo empezó.
Podría decir que fue un plan macabro, esos de película, pero me parece injusto doctor, estaría yo desmereciendo la labor de los verdaderos asesinos.
Porque yo, permítame decirle, no soy un homicida; nunca me interesé en las armas, la sangre y esas cosas. No. Ni siquiera he escrito sobre ellas. Solo que él me quitó en unos días casi una vida entera de un sueño, uno solo doctor. ¡Un único sueño!. Y una cosa así, debe pagarse. Por eso lo maté de esa manera, porque solamente quería que muriera. No me importaba como, ni donde, solo que muriera, lo antes posible.
Mire doctor, si yo fuese un asesino lo hubiese matado antes, a él y a todos los que andan rondando estas calles y que se le parecen bastante, motivos tengo, y de sobra, hoy en día, de este lado de las rejas más todavía. Pero no lo hice doctor, bueno como diga, Gabriel, no lo hice porque creí que algún día... Es ese no sé de los poetas Gabriel, usted no va a entenderlo, es una esperanza semi-bonita y semi-patética que se siente desde el primer momento en que uno apoya el lápiz contra el papel amarillento de esta vida. Yo se lo explico para ver si usted, aunque sea usted, puede entenderme, sino va a ser complicado que me defienda ante el juez. Pero también sé que quizás no logre hacerlo, después de todo usted es abogado, y yo no lo considero malo por eso, pero somos distintos Gabriel, somos distintos.
Le cuento. No me iba a anotar en ese concurso, nunca me anoté en ninguno, me parecen deshonrados para la literatura; ojo, no digo que todos lo sean, es más, recuerdo uno muy bonito en el que participé casi por obligación en quinto grado de escuela, vea cuánto hace que escribo Gabriel, en fin, no viene al caso. Pero ese concurso sí Gabriel, ese sí que deshonraba la literatura. Ese y muchos más eh.
Escribir un libro Gabriel, o un cuento, o una carta siquiera, una carta a la persona que se quiere, o se extraña, o esa que se detesta ¿por qué no?, Escribir es un acto de entrega infinita. Yo siempre lo dije, la mitad del escritor, sino más, se va en el papel; aunque nadie lo note, siempre está ahí, es él Gabriel, es el autor, aunque no sea el personaje, ni su historia, ni su imaginación, es su esencia Gabriel, lo más importante del ser humano, y lo que menos abunda en este mundo.
Por eso lo maté. ¿Cómo iba a pedirme que le entregue mi esencia en una bandejita de cartón? ¡¿Cómo?!.
Yo firmé por Elena, Elena es mi señora, hacía tiempo que me decía que los años se pasan, que sería lindo ver mi nombre en el lomo de un librito, y que hay que golpear puertas porque nadie viene a preguntarle a uno si quiere escribir algo desde lo más profundo de su alma. Pero yo no quería golpear esa puerta, hubiese querido que una bomba explotara ahí dentro cuando firmé ese contrato que me robaba el texto de las entrañas y se lo dejaba a esas bestias para que hicieran con él lo que se les antojara en cualquier lugar que se imagine, hasta en la luna si se quiere; películas, musicales, teatro. Todo, ignorándome por completo, claro.
Se me caían las lágrimas de solo pensar que ganara, y no de alegría Gabriel, de angustia, de impotencia, por que mis palabras no se merecían que ellos las agarraran del medio del cogote y las posicionaran en cualquier sitio, o las hicieran bailar una conga en este carnaval de mundo que tenemos, yo quería que fueran libres; ¡Y yo sabía lo que significaba libres!, Porque yo las había creado, las había unido unas a las otras en meses y meses de café, cigarrillos, mates, insomnio, música y no sé cuantas cosas más.
Yo quería perder Gabriel, quería perder, y si hubiese perdido, casi puedo asegurarle que hoy no estaría aquí, y por consiguiente usted tampoco.
¿Sabe cual era el premio? Un viaje a una provincia medio borracha y una colección de seis botellas de vino de no sé cuál marca para embriagarla por completo. Si por lo menos hubiera sido licor de chocolate Gabriel, con lo que a mí me gusta el licor quizás hasta dejaba pasar por alto semejante injuria, pero ni siquiera eso, ni siquiera. Que me importaba a mi ese viaje, lo hice por Elena nomás, por Elena y nada más en el universo, que cada vez se me parte en pedazos más chiquititos sin ella.
¿Cómo lo maté? Bueno, cuando me llamaron del diario para avisarme mi fracasado triunfo sentí que unos escalofríos horribles me recorrían las venas a una velocidad inmensa. Ya sabía que lo tenía que matar, era cuestión de defensa propia ¿Entiende? Era mi cuento, mi sangre, mi esencia como ya le dije, o él. O ellos, porque los jurados eran unos cuantos también. Pero me daban lástima, por más que fueran tan importantes como las bases del concurso decían que eran, ¿Cómo podían estar bajo la bota de semejante fachada para la literatura?, Eran unas estúpidas victimas también, me inspiraban piedad, no me pregunte por qué.
Al principio me quedé en casa, me rehusaba en ir a terminar de arreglar lo del premio y esas cosas que nada me importaban. Ya estaba acabado, había firmado antes, cuando me anoté, y no me quedaba otra cosa que aceptar el trato, suicidarme, o matarlo. Aceptar eso era imposible, yo firmé con la convicción de que perdería, y me salió mal, eso tengo que aceptarlo, esta vez, me subestimé demasiado y salí perdiendo Gabriel, cosas que pasan. Suicidarme era casi como matar a Elena, porque somos uno. Entonces... Entonces ahí fue cuando me vi entre la espada y la pared, como quien dice, cegado por la tristeza, trate de aguantar todo lo que pude, puesto que si ella notaba mi cambio de ser se arruinaría mi propósito.
Yo era otro, y eso se lo digo con la firmeza con que le digo que Bonomini es mi apellido Gabriel, me convertí en otro cuando vi que esa atrocidad empezaba a convertirse en realidad, como una mariposa se convierte en larva, cierto, es al revés, pero para este caso... Cuando vi que se me escapaban de entre los dedos todas mis minúsculas defensas, cuando vi Gabriel, que me quedaba inmunodeficiente a esa locura indecente, porque de locuras conozco, y puedo decirle que hay muchas Gabriel, esa locura indecente de comprar las palabras como harina, o automóviles, y de venderlas, cuando vi en el espejo como las había cambiado por tres días en un hotel y un pasaje en avión, me sentí el hombre más vacío del mundo, vacío en el sentido completo de la palabra, vaya contradicción. Fue cuando ya no importó nada, tenía que, por lo menos, salvarme a mí, que me estaba muriendo poco a poco.
Por alguna cosa que sucedió decidí ir hasta esa oficina de la calle Suipacha, había pasado hasta entonces, casi una semana. Llegué medio nauseabundo, tenía vergüenza Gabriel, vergüenza de haber hecho semejante disparate, de haberme plantado un cuchillo en el medio del corazón yo solito. Esperé casi media hora, que usé para terminar de convencerme, en unas sillas bastante incómodas, hasta que al fin y al cabo el hombre me llamó.
Calculé que tendría entre treinta y treinta y cinco años, cosa que me dio pena. Me lo había imaginado un poco mayor y verlo con tanta vida por delante me mordió suavemente la conciencia. Cuando le vi los ojos deduje que seguramente ya estaba casado con alguna señorita medio paqueta y que quizás hasta tuviera algún hijo, pequeño. Pero a pesar de eso y mi conciencia devorada a mordiscones, la cosa seguía siendo así. Él o yo.
Era el jefe del programa, no sabía bien si era enteramente idea suya la de robarme el cuento, a mi o cualquiera que fuera el ganador, cosa que también me demoró unos instantes la decisión final que ya conocemos los dos, pero no tenia muchas oportunidades; Para cuado terminara de descubrir el último eslabón de esa cadena de inmundicias, mi cuento estaría devastado por su codicia, así que más allá de todo seguí bebiendo valor de mi propia congoja y de mi rabia para de veras matarlo cuando llegara el momento justo que esperaba desde varios días atrás.
Me invitó un café y me elogió unos instantes, preguntándome que si no había estado antes en un concurso, que por qué, que era muy buena la obra. Hasta que empezó con eso de las condiciones. Gozaba mirándome a los ojos. Yo no podía hacerlo por más de quince o veinte segundos, me subían hasta la garganta las ganas de estrangularlo en ahí mismo, de sacarle los ojos, de cortarle las manos Gabriel, y entonces tenía que dejar de mirarlo para no arruinarlo todo, si intentaba cualquiera de esas cosas él no tardaría en gritar y todo se derrumbaría como un castillo de arena en una ventolera de octubre. El asesinato no podía ser así, al otro día saldría en todos los diarios y los noticieros, y bla, bla, bla, lo tenía que matar de otra manera, más poética Gabriel, esa es la palabra, poética.
Conversó, diría que solo porque yo tenía las cuerdas vocales desmayadas, así que no respondía más que con un sí o un no, o con algún que otro gesto amable para disimular. Hasta que en algún momento, se olvidó de que no hay que darle la espalda a un desconocido, y como lo hacen la mayoría de los ejecutivos y esas cosas parecidas se paró enfrente de un gran ventanal que tenía la oficina, y miró a través del vidrio transparente unos dos o tres minutos mientras balbuceaba algunas ironías que ni siquiera me acariciaron los tímpanos; yo estaba en otro hemisferio, y con el movimiento del reloj me iba alejando también yo de ese lugar, y de tantos otros, hoy estoy aquí se puede decir que en el fondo ¿No?, En el fondo de los fondos Gabriel, que más da, lo prefiero. En fin. Fueron dos o tres minutos que me sobraron para echarle el cianuro en el café que le había sobrado.
-: ¿Y que hubiese pasado si no giraba?
-: Llevaba un arma Gabriel, por las dudas. Cuando terminó de ver lo poco que podía ver desde allí arriba, porque era muy poco, créame, se volvió y yo lo estaba esperando en la misma posición. Bebió lo que le faltaba. Fue rara la sensación de saber que la persona que tenía enfrente estaba a punto de morir, que yo, con mi facultad de ser en ese momento el asesino podía decirle ahora que hiciera lo que deseara con el cuento, y con todo, porque sabía que no podría hacer nada, que empezara a llamar por teléfono a su familia para avisar que no volvería y todas esas cosas.
Igualmente, el silencio fue más grande. Fue inmenso Gabriel, nunca sentí uno peor que ese. Nos despedimos. Cuando le di la mano noté que ya empezaba a enfriarse.
Ahi va.
Yo lo miré y supe que lo iba a matar. O mejor dicho, lo supe desde antes, pero no tiene importancia cuándo empezó.
Podría decir que fue un plan macabro, esos de película, pero me parece injusto doctor, estaría yo desmereciendo la labor de los verdaderos asesinos.
Porque yo, permítame decirle, no soy un homicida; nunca me interesé en las armas, la sangre y esas cosas. No. Ni siquiera he escrito sobre ellas. Solo que él me quitó en unos días casi una vida entera de un sueño, uno solo doctor. ¡Un único sueño!. Y una cosa así, debe pagarse. Por eso lo maté de esa manera, porque solamente quería que muriera. No me importaba como, ni donde, solo que muriera, lo antes posible.
Mire doctor, si yo fuese un asesino lo hubiese matado antes, a él y a todos los que andan rondando estas calles y que se le parecen bastante, motivos tengo, y de sobra, hoy en día, de este lado de las rejas más todavía. Pero no lo hice doctor, bueno como diga, Gabriel, no lo hice porque creí que algún día... Es ese no sé de los poetas Gabriel, usted no va a entenderlo, es una esperanza semi-bonita y semi-patética que se siente desde el primer momento en que uno apoya el lápiz contra el papel amarillento de esta vida. Yo se lo explico para ver si usted, aunque sea usted, puede entenderme, sino va a ser complicado que me defienda ante el juez. Pero también sé que quizás no logre hacerlo, después de todo usted es abogado, y yo no lo considero malo por eso, pero somos distintos Gabriel, somos distintos.
Le cuento. No me iba a anotar en ese concurso, nunca me anoté en ninguno, me parecen deshonrados para la literatura; ojo, no digo que todos lo sean, es más, recuerdo uno muy bonito en el que participé casi por obligación en quinto grado de escuela, vea cuánto hace que escribo Gabriel, en fin, no viene al caso. Pero ese concurso sí Gabriel, ese sí que deshonraba la literatura. Ese y muchos más eh.
Escribir un libro Gabriel, o un cuento, o una carta siquiera, una carta a la persona que se quiere, o se extraña, o esa que se detesta ¿por qué no?, Escribir es un acto de entrega infinita. Yo siempre lo dije, la mitad del escritor, sino más, se va en el papel; aunque nadie lo note, siempre está ahí, es él Gabriel, es el autor, aunque no sea el personaje, ni su historia, ni su imaginación, es su esencia Gabriel, lo más importante del ser humano, y lo que menos abunda en este mundo.
Por eso lo maté. ¿Cómo iba a pedirme que le entregue mi esencia en una bandejita de cartón? ¡¿Cómo?!.
Yo firmé por Elena, Elena es mi señora, hacía tiempo que me decía que los años se pasan, que sería lindo ver mi nombre en el lomo de un librito, y que hay que golpear puertas porque nadie viene a preguntarle a uno si quiere escribir algo desde lo más profundo de su alma. Pero yo no quería golpear esa puerta, hubiese querido que una bomba explotara ahí dentro cuando firmé ese contrato que me robaba el texto de las entrañas y se lo dejaba a esas bestias para que hicieran con él lo que se les antojara en cualquier lugar que se imagine, hasta en la luna si se quiere; películas, musicales, teatro. Todo, ignorándome por completo, claro.
Se me caían las lágrimas de solo pensar que ganara, y no de alegría Gabriel, de angustia, de impotencia, por que mis palabras no se merecían que ellos las agarraran del medio del cogote y las posicionaran en cualquier sitio, o las hicieran bailar una conga en este carnaval de mundo que tenemos, yo quería que fueran libres; ¡Y yo sabía lo que significaba libres!, Porque yo las había creado, las había unido unas a las otras en meses y meses de café, cigarrillos, mates, insomnio, música y no sé cuantas cosas más.
Yo quería perder Gabriel, quería perder, y si hubiese perdido, casi puedo asegurarle que hoy no estaría aquí, y por consiguiente usted tampoco.
¿Sabe cual era el premio? Un viaje a una provincia medio borracha y una colección de seis botellas de vino de no sé cuál marca para embriagarla por completo. Si por lo menos hubiera sido licor de chocolate Gabriel, con lo que a mí me gusta el licor quizás hasta dejaba pasar por alto semejante injuria, pero ni siquiera eso, ni siquiera. Que me importaba a mi ese viaje, lo hice por Elena nomás, por Elena y nada más en el universo, que cada vez se me parte en pedazos más chiquititos sin ella.
¿Cómo lo maté? Bueno, cuando me llamaron del diario para avisarme mi fracasado triunfo sentí que unos escalofríos horribles me recorrían las venas a una velocidad inmensa. Ya sabía que lo tenía que matar, era cuestión de defensa propia ¿Entiende? Era mi cuento, mi sangre, mi esencia como ya le dije, o él. O ellos, porque los jurados eran unos cuantos también. Pero me daban lástima, por más que fueran tan importantes como las bases del concurso decían que eran, ¿Cómo podían estar bajo la bota de semejante fachada para la literatura?, Eran unas estúpidas victimas también, me inspiraban piedad, no me pregunte por qué.
Al principio me quedé en casa, me rehusaba en ir a terminar de arreglar lo del premio y esas cosas que nada me importaban. Ya estaba acabado, había firmado antes, cuando me anoté, y no me quedaba otra cosa que aceptar el trato, suicidarme, o matarlo. Aceptar eso era imposible, yo firmé con la convicción de que perdería, y me salió mal, eso tengo que aceptarlo, esta vez, me subestimé demasiado y salí perdiendo Gabriel, cosas que pasan. Suicidarme era casi como matar a Elena, porque somos uno. Entonces... Entonces ahí fue cuando me vi entre la espada y la pared, como quien dice, cegado por la tristeza, trate de aguantar todo lo que pude, puesto que si ella notaba mi cambio de ser se arruinaría mi propósito.
Yo era otro, y eso se lo digo con la firmeza con que le digo que Bonomini es mi apellido Gabriel, me convertí en otro cuando vi que esa atrocidad empezaba a convertirse en realidad, como una mariposa se convierte en larva, cierto, es al revés, pero para este caso... Cuando vi que se me escapaban de entre los dedos todas mis minúsculas defensas, cuando vi Gabriel, que me quedaba inmunodeficiente a esa locura indecente, porque de locuras conozco, y puedo decirle que hay muchas Gabriel, esa locura indecente de comprar las palabras como harina, o automóviles, y de venderlas, cuando vi en el espejo como las había cambiado por tres días en un hotel y un pasaje en avión, me sentí el hombre más vacío del mundo, vacío en el sentido completo de la palabra, vaya contradicción. Fue cuando ya no importó nada, tenía que, por lo menos, salvarme a mí, que me estaba muriendo poco a poco.
Por alguna cosa que sucedió decidí ir hasta esa oficina de la calle Suipacha, había pasado hasta entonces, casi una semana. Llegué medio nauseabundo, tenía vergüenza Gabriel, vergüenza de haber hecho semejante disparate, de haberme plantado un cuchillo en el medio del corazón yo solito. Esperé casi media hora, que usé para terminar de convencerme, en unas sillas bastante incómodas, hasta que al fin y al cabo el hombre me llamó.
Calculé que tendría entre treinta y treinta y cinco años, cosa que me dio pena. Me lo había imaginado un poco mayor y verlo con tanta vida por delante me mordió suavemente la conciencia. Cuando le vi los ojos deduje que seguramente ya estaba casado con alguna señorita medio paqueta y que quizás hasta tuviera algún hijo, pequeño. Pero a pesar de eso y mi conciencia devorada a mordiscones, la cosa seguía siendo así. Él o yo.
Era el jefe del programa, no sabía bien si era enteramente idea suya la de robarme el cuento, a mi o cualquiera que fuera el ganador, cosa que también me demoró unos instantes la decisión final que ya conocemos los dos, pero no tenia muchas oportunidades; Para cuado terminara de descubrir el último eslabón de esa cadena de inmundicias, mi cuento estaría devastado por su codicia, así que más allá de todo seguí bebiendo valor de mi propia congoja y de mi rabia para de veras matarlo cuando llegara el momento justo que esperaba desde varios días atrás.
Me invitó un café y me elogió unos instantes, preguntándome que si no había estado antes en un concurso, que por qué, que era muy buena la obra. Hasta que empezó con eso de las condiciones. Gozaba mirándome a los ojos. Yo no podía hacerlo por más de quince o veinte segundos, me subían hasta la garganta las ganas de estrangularlo en ahí mismo, de sacarle los ojos, de cortarle las manos Gabriel, y entonces tenía que dejar de mirarlo para no arruinarlo todo, si intentaba cualquiera de esas cosas él no tardaría en gritar y todo se derrumbaría como un castillo de arena en una ventolera de octubre. El asesinato no podía ser así, al otro día saldría en todos los diarios y los noticieros, y bla, bla, bla, lo tenía que matar de otra manera, más poética Gabriel, esa es la palabra, poética.
Conversó, diría que solo porque yo tenía las cuerdas vocales desmayadas, así que no respondía más que con un sí o un no, o con algún que otro gesto amable para disimular. Hasta que en algún momento, se olvidó de que no hay que darle la espalda a un desconocido, y como lo hacen la mayoría de los ejecutivos y esas cosas parecidas se paró enfrente de un gran ventanal que tenía la oficina, y miró a través del vidrio transparente unos dos o tres minutos mientras balbuceaba algunas ironías que ni siquiera me acariciaron los tímpanos; yo estaba en otro hemisferio, y con el movimiento del reloj me iba alejando también yo de ese lugar, y de tantos otros, hoy estoy aquí se puede decir que en el fondo ¿No?, En el fondo de los fondos Gabriel, que más da, lo prefiero. En fin. Fueron dos o tres minutos que me sobraron para echarle el cianuro en el café que le había sobrado.
-: ¿Y que hubiese pasado si no giraba?
-: Llevaba un arma Gabriel, por las dudas. Cuando terminó de ver lo poco que podía ver desde allí arriba, porque era muy poco, créame, se volvió y yo lo estaba esperando en la misma posición. Bebió lo que le faltaba. Fue rara la sensación de saber que la persona que tenía enfrente estaba a punto de morir, que yo, con mi facultad de ser en ese momento el asesino podía decirle ahora que hiciera lo que deseara con el cuento, y con todo, porque sabía que no podría hacer nada, que empezara a llamar por teléfono a su familia para avisar que no volvería y todas esas cosas.
Igualmente, el silencio fue más grande. Fue inmenso Gabriel, nunca sentí uno peor que ese. Nos despedimos. Cuando le di la mano noté que ya empezaba a enfriarse.
miércoles, junio 4
Instrucciones para pensar en la linea 50: Retiro-Av.Gral. Paz y Eva Perón.
Primer punto: No intente mirar el paisaje por la ventanilla, solo descubrirá cuan patético es si lo piensa un poco y verá como se torna inhumano entre las 16:00 y las 23:00 horas. No es aconsejable intentar concentrarse en naturalezas infinitamente bonitas como el cielo, o los árboles; solo se toparan sus ojos con innumerables propagandas de cuanta cosa pueda imaginarse que existe: imágenes irreales que solo logran su distracción, letreros brillantes que no dejan escapar, números gigantes que anuncian el precio más pequeño del mercado (Oiga, yo tampoco se bien lo que es, pero créame que terminara creyéndolo invencible si se arriesga) y mas, más, y más, lo último que terminara por hacer es pensar o que le está apretujando las tripas y se dará por vencido antes de desenredar los axones que terminaron en semejante alboroto después de eso que usted sabe que ocurrió, cualquier cosa. Se dará cuenta, si lo intenta, que el suelo tampoco está de su lado, no por mala voluntad de él en si mismo, sino porque, es prácticamente imposible concentrarse en algo tan frío y seco como un asfalto o una baldoza que será la único que encuentre en su recorrido, sus ojos, sin quererlo se levantarán un metro, un metro y medio y se marcharan con el primer objeto que encuentren frente a ellos, y es lógico pobrecitos, este suelo es tan horrendo, ¿Que más pueden hacer?
Segundo Punto: Este debería ser el primero, pero imaginé que ni siquiera puede ocurrírsele a cualquiera que sea mi lector. Igualmente, lo mencionaré por una cuestión de prudencia extrema, y para algún que otro enamorado que pudiera no pensar en ello, aunque me he dado cuenta que estos seres extraños escasean en mi ciudad. No se le ocurra encontrar en los rostros de sus colegas pasajeros ningún tipo de punto de fijación, en algún momento, sin que usted lo desee lo atrapara su desdicha y su intolerancia, verá como se le sale por los poros el cansancio, por la rutina y el dinero, esas inmundicias que nos cubren el cielo vio, cosas como esas que le oscurecen la mirada hasta volverla espantosa, y eso, créame y compruébelo si no puede hacerlo, influirá directa y profundamente en su poder de concentración hasta volverlo primero, mínimo, y luego inexistente. Son excepciones a este punto personas que pudieran llegar a generar una sonrisa al encontrarse con sus ojos (niños, ancianos pasados de los ochenta años, en su mayoría, y con suerte de encontrarlos, hadas y duendes disfrazados de seres humanos, solo deberá reconocerlos entre la multitud, cosa que no es fácil, por cierto)
Tercer (y último) punto: El mejor método (y aún así no efectivo completamente) para desempeñar un lindo pensamiento; y cuando digo lindo digo ese que nos lleva a otro hemisferio, que se convierte en la única cosa importante por el momento, y que al fin y al cabo, nunca llega a nada más que al pensamiento en sí, que espera y mientras tanto permite a la imaginación recorrer las venas y las arterias a gran velocidad, digo lindo, digo hermoso, digo maravilloso; en fin, cerrar los ojos y taparse las orejas tan fuerte como se puede ha de ser la única forma que este ser ha encontrado para pensar en un colectivo, o por lo menos en el mencionado más arriba, correrse un poco de la línea urbana y transportarse uno a la situación. Debe tenerse en cuenta que cuando no se ha tenido la suerte de encontrar vacío un asiento las personas lo observaran a uno con una mezcla de sensaciones tales como lástima, y miedo, no vaya a ser que tienen un loco tan cerca (cabe aclarar también que estas personas no suelen encontrar la definición correcta de locura ni saben verla tan bonita como uno puede hacerlo, si se quiere puede tenérseles miedo a ellas, pero lo suficiente, recuérdese que siempre debe guardarse un poco para las otras, las que no viajan en colectivo). Cuando abra los ojos, verá como se han centrado en usted miles de ideas absurdas, que no harán más que distraerlo nuevamente, por lo tanto, es recomendable no estirar los parpados hasta tanto se haya obtenido un fruto del pensar, o se haya llegado al punto establecido para terminar, tampoco es cuestión de pasarse la vida pensando, cuando baje del colectivo sabrá que es la hora, de levantar el telón y ponerse a actuar, y ojo, que no se puede gastar mucho tiempo, desde Retiro hasta Eva Perón y Gral. Paz, hay medianamente una hora cuarenta, o más, si estoy contando bien.
Primer punto: No intente mirar el paisaje por la ventanilla, solo descubrirá cuan patético es si lo piensa un poco y verá como se torna inhumano entre las 16:00 y las 23:00 horas. No es aconsejable intentar concentrarse en naturalezas infinitamente bonitas como el cielo, o los árboles; solo se toparan sus ojos con innumerables propagandas de cuanta cosa pueda imaginarse que existe: imágenes irreales que solo logran su distracción, letreros brillantes que no dejan escapar, números gigantes que anuncian el precio más pequeño del mercado (Oiga, yo tampoco se bien lo que es, pero créame que terminara creyéndolo invencible si se arriesga) y mas, más, y más, lo último que terminara por hacer es pensar o que le está apretujando las tripas y se dará por vencido antes de desenredar los axones que terminaron en semejante alboroto después de eso que usted sabe que ocurrió, cualquier cosa. Se dará cuenta, si lo intenta, que el suelo tampoco está de su lado, no por mala voluntad de él en si mismo, sino porque, es prácticamente imposible concentrarse en algo tan frío y seco como un asfalto o una baldoza que será la único que encuentre en su recorrido, sus ojos, sin quererlo se levantarán un metro, un metro y medio y se marcharan con el primer objeto que encuentren frente a ellos, y es lógico pobrecitos, este suelo es tan horrendo, ¿Que más pueden hacer?
Segundo Punto: Este debería ser el primero, pero imaginé que ni siquiera puede ocurrírsele a cualquiera que sea mi lector. Igualmente, lo mencionaré por una cuestión de prudencia extrema, y para algún que otro enamorado que pudiera no pensar en ello, aunque me he dado cuenta que estos seres extraños escasean en mi ciudad. No se le ocurra encontrar en los rostros de sus colegas pasajeros ningún tipo de punto de fijación, en algún momento, sin que usted lo desee lo atrapara su desdicha y su intolerancia, verá como se le sale por los poros el cansancio, por la rutina y el dinero, esas inmundicias que nos cubren el cielo vio, cosas como esas que le oscurecen la mirada hasta volverla espantosa, y eso, créame y compruébelo si no puede hacerlo, influirá directa y profundamente en su poder de concentración hasta volverlo primero, mínimo, y luego inexistente. Son excepciones a este punto personas que pudieran llegar a generar una sonrisa al encontrarse con sus ojos (niños, ancianos pasados de los ochenta años, en su mayoría, y con suerte de encontrarlos, hadas y duendes disfrazados de seres humanos, solo deberá reconocerlos entre la multitud, cosa que no es fácil, por cierto)
Tercer (y último) punto: El mejor método (y aún así no efectivo completamente) para desempeñar un lindo pensamiento; y cuando digo lindo digo ese que nos lleva a otro hemisferio, que se convierte en la única cosa importante por el momento, y que al fin y al cabo, nunca llega a nada más que al pensamiento en sí, que espera y mientras tanto permite a la imaginación recorrer las venas y las arterias a gran velocidad, digo lindo, digo hermoso, digo maravilloso; en fin, cerrar los ojos y taparse las orejas tan fuerte como se puede ha de ser la única forma que este ser ha encontrado para pensar en un colectivo, o por lo menos en el mencionado más arriba, correrse un poco de la línea urbana y transportarse uno a la situación. Debe tenerse en cuenta que cuando no se ha tenido la suerte de encontrar vacío un asiento las personas lo observaran a uno con una mezcla de sensaciones tales como lástima, y miedo, no vaya a ser que tienen un loco tan cerca (cabe aclarar también que estas personas no suelen encontrar la definición correcta de locura ni saben verla tan bonita como uno puede hacerlo, si se quiere puede tenérseles miedo a ellas, pero lo suficiente, recuérdese que siempre debe guardarse un poco para las otras, las que no viajan en colectivo). Cuando abra los ojos, verá como se han centrado en usted miles de ideas absurdas, que no harán más que distraerlo nuevamente, por lo tanto, es recomendable no estirar los parpados hasta tanto se haya obtenido un fruto del pensar, o se haya llegado al punto establecido para terminar, tampoco es cuestión de pasarse la vida pensando, cuando baje del colectivo sabrá que es la hora, de levantar el telón y ponerse a actuar, y ojo, que no se puede gastar mucho tiempo, desde Retiro hasta Eva Perón y Gral. Paz, hay medianamente una hora cuarenta, o más, si estoy contando bien.
lunes, junio 2
¿Cuánto más?
Como una hormiga que camina por las entrañas.
Poco, Ojalá que sea poco, y que las paredes amanezcan pintadas de amarillo mañana. O de rojo, en sí, es lo mismo, solo un poco de color para descansar la vista. Y de paso, que no duela tanto.
Camina como siempre, intentando no dar lástima, pero arrastrándose, por costumbre, o paciencia, vaya a saber uno que cosa le tiñe la sangre y la baja la voz de prepo hasta el piso.
El señor del quiosco de diarios se levanta el sombrero al verlo pasar y estira desde las cuerdas vocales un "Buen día Jorge" un poco helado. Parece que no, pero lo esperaba.
Pensó en pintar pajaritos en algún muro perdido de la ciudad, o en alguna escalera, para que algún niño quisiera ser un poco más que un hombre mañana.
o mejor dicho, un poco menos.
Eco, eco, eco...¿Cuánto más?...Eco, eco, eco.
En una esquina, con un farol despintado, pero bonito, un hada le ofrece una flor. La mira de reojo, para no enamorarse otra vez y sin quererlo, la acepta y se la guarda en un bolsillo, sin siquiera acercársela a la nariz, ni descubrir del todo su color, pero pinchándose las manos con las espinas.
Si solamente uno se diera cuenta. Si aunque sea el hada...
De vez en cuando se le ocurre que todo es tan maravilloso, que está todo tan ahí, en la yema de los dedos, y que quizás es solamente erguir un poco la cabeza, levantar los brazos, juntar fuerzas y gritar...Hasta que todo se aquiete un momento, hasta los malditos relojes. Gritar solamente. Una vocal, o si se quiere una frase, se trata de gritar y hacerse oír, eso más que nada. Ya no vale tanta escritura, ni cuadros filosóficos o ideales hechos piel, sino de un disparo de voz. Que hermoso.
Tres cuadras más adelante, como último golpe, un barrilete atado a la muñeca de un morochito de unos cinco años.
¿Cuánto más?
Llega a la orilla y siente el frío del agua penetrarle los tobillos. Se mira un poco lo que puede verse, saca del bolsillo la flor del hada (en ese momento descubre que es blanca), la tira por ahí, pidiéndole que no se aleje mucho (sería menos espantoso que lo encuentren con una flor, quien sabe por qué las flores aplacan lo horrendo y lo vuelven más sutil, o por lo menos, para la primera impresión).
Recuerda el café de ayer, con aquella dama de ojos negros que encontró en lavalle tratando de descifrar una palabra en castellano, recuerda las piernas de tero de Laura que tiemblan cada vez que él aparece y otra vez la cara de la hippie europea que a estas horas debe estar volando por encima suyo, y Laura que a veces está a punto de desnudarse adelante de todos sin que nadie se de cuenta, excepto él, pero que siempre se hecha atrás, como una niñita de trece años, porque hoy en día hasta las de quince son más vivas que ella, pobrecita, tan buena. En fín.
El agua ya está por la cintura, y fría. No hay más nada que hacerle, seguir, o estancarse caminando.
¿Cuanto más?
Desde la otra orilla, y desde el centro y la periferia olvidada se siente retumbar en las paredes y el viento.
¡¡¡Mundo de mierdaaaa!!!
Se tiró en la arena para secarse un poco y vio como la flor estaba otra vez, ahí nomas. Lloró un rato mirándola y volvió a guardársela en el pantalón.
Laura se puso contenta.
(Se cayó de tanto que le temblaron las piernas de tero)
Como una hormiga que camina por las entrañas.
Poco, Ojalá que sea poco, y que las paredes amanezcan pintadas de amarillo mañana. O de rojo, en sí, es lo mismo, solo un poco de color para descansar la vista. Y de paso, que no duela tanto.
Camina como siempre, intentando no dar lástima, pero arrastrándose, por costumbre, o paciencia, vaya a saber uno que cosa le tiñe la sangre y la baja la voz de prepo hasta el piso.
El señor del quiosco de diarios se levanta el sombrero al verlo pasar y estira desde las cuerdas vocales un "Buen día Jorge" un poco helado. Parece que no, pero lo esperaba.
Pensó en pintar pajaritos en algún muro perdido de la ciudad, o en alguna escalera, para que algún niño quisiera ser un poco más que un hombre mañana.
o mejor dicho, un poco menos.
Eco, eco, eco...¿Cuánto más?...Eco, eco, eco.
En una esquina, con un farol despintado, pero bonito, un hada le ofrece una flor. La mira de reojo, para no enamorarse otra vez y sin quererlo, la acepta y se la guarda en un bolsillo, sin siquiera acercársela a la nariz, ni descubrir del todo su color, pero pinchándose las manos con las espinas.
Si solamente uno se diera cuenta. Si aunque sea el hada...
De vez en cuando se le ocurre que todo es tan maravilloso, que está todo tan ahí, en la yema de los dedos, y que quizás es solamente erguir un poco la cabeza, levantar los brazos, juntar fuerzas y gritar...Hasta que todo se aquiete un momento, hasta los malditos relojes. Gritar solamente. Una vocal, o si se quiere una frase, se trata de gritar y hacerse oír, eso más que nada. Ya no vale tanta escritura, ni cuadros filosóficos o ideales hechos piel, sino de un disparo de voz. Que hermoso.
Tres cuadras más adelante, como último golpe, un barrilete atado a la muñeca de un morochito de unos cinco años.
¿Cuánto más?
Llega a la orilla y siente el frío del agua penetrarle los tobillos. Se mira un poco lo que puede verse, saca del bolsillo la flor del hada (en ese momento descubre que es blanca), la tira por ahí, pidiéndole que no se aleje mucho (sería menos espantoso que lo encuentren con una flor, quien sabe por qué las flores aplacan lo horrendo y lo vuelven más sutil, o por lo menos, para la primera impresión).
Recuerda el café de ayer, con aquella dama de ojos negros que encontró en lavalle tratando de descifrar una palabra en castellano, recuerda las piernas de tero de Laura que tiemblan cada vez que él aparece y otra vez la cara de la hippie europea que a estas horas debe estar volando por encima suyo, y Laura que a veces está a punto de desnudarse adelante de todos sin que nadie se de cuenta, excepto él, pero que siempre se hecha atrás, como una niñita de trece años, porque hoy en día hasta las de quince son más vivas que ella, pobrecita, tan buena. En fín.
El agua ya está por la cintura, y fría. No hay más nada que hacerle, seguir, o estancarse caminando.
¿Cuanto más?
Desde la otra orilla, y desde el centro y la periferia olvidada se siente retumbar en las paredes y el viento.
¡¡¡Mundo de mierdaaaa!!!
Se tiró en la arena para secarse un poco y vio como la flor estaba otra vez, ahí nomas. Lloró un rato mirándola y volvió a guardársela en el pantalón.
Laura se puso contenta.
(Se cayó de tanto que le temblaron las piernas de tero)
viernes, mayo 9
-: No, no, no, no va. Esto no es lo que yo quería. Esto no me gusta, parece una marioneta hecha a pedazos, un día una cosa y otro día otra y así no va; una porquería Eugenia, una porquería, ¿ Me escuchás?
-: Sí, te escucho y no te entiendo nada. Es una marioneta, tiene dos piernas, dos brazos, dos ojos y basta.
-: Definitivamente no entendés nada. Pero como si no me conocieras, como que si fuera la primera vez que me ves una marioneta entre los brazos. Una marioneta dos brazos, dos piernas y dos ojos, pero por favor, que chijetes tan grandes decís Eugenia.
-: Pero entonces, decime vos que tenés ahí.
-: Un pibe Eugenia, un pibe, dos pibes, tres, cien, trescientos pibes Eugenia, trescientos pibes escuchando lo que dice esta marioneta, no el que la maneje, viendo como se mueve esta marioneta, no las manos que estén detrás de los hilos. Eso veo, además del pibe que es la marioneta, o que quiso ser, que quiso ser.
-: Vos ves todo eso, ves que tiene vida propia, que habla, salta, juega y yo veo que vos no ves nada mas que lo que queres ver, lo que te incumbe a vos y a ese taller po...
-: Ta bien, ta bien, ta bien. Se acabó. No quiero saber más nada de esta discusión estúpida. Vos andá que yo me arreglo, andá. Ah, gracias Eugenia, gracias, andá, andá que se te enfría el café con leche. ¡Vieja bruja!
*************************************************************************
Hola ¿Qué tal? Acá andamos don. Mire, va a tener que disculparme pero no puedo entregarle la marioneta. Sí, sí, yo sé que la necesita con urgencia, pero por mi propia dignidad no puedo entregársela de ninguna manera. Es que me ha quedado horrible, espantosa. A ver don, usted quería un niño de ojos grandes y oscuros, que anduviera descalzo y de pantalones cortos, y yo lo único que puedo darle es una paparruchada. Créame hombre que puedo hacerlo mejor, quizás con un poco más de tiempo y materiales...Pero no sé, mire si me vuelvo a comprometer y después...Si, si yo sé que al menos quiere verla, pero yo no sé si sea bueno que la vea, quizás usted quiera llevarla de todas formas y de verdad hombre, con una mano en el pecho le digo que esto no vale la pena ni intentarlo. En fin, se la traeré ya que insiste tanto, después de todo es suya, usted la pagó, aunque yo la hice, y hasta la quiero como a un nieto, pero bue, así es la vida, es suya.
Verá usted, los pies, los pies no me conforman, estos dedos, estas uñas, están muy largas y gruesas, un niño nunca tendría esas uñas, esas son las uñas de un viejo decrepito como yo, que si por mi fuera me las arrancaría todas de una sola vez para no recordarme cuan viejo estoy cada vez que me veo los pies. En fin, lo de las uñas quizás pudiera solucionarse con un poco de pintura, pero la ropa, eso sí que no. Verá, he usado los retazos de telas que tenía guardados desde la última marioneta que hice, hace como tres años, y los colores ya no son los mismos, Eugenia las lavó, Eugenia es mi esposa, una vieja bruja, no, no, nada, le decía que ella lavó las telas pero durante el lavado han perdido aún más el color y las blancas se pusieron más amarillas todavía, no me explico por qué, pero bueno. Y los ojos ¿le ha visto usted los ojos a esta marioneta? Reconozco que nunca fui excepcional con los ojos, pero estos me han quedado demasiado tristes ¿Los ve? ¿verdad que están muy tristes? Eso ha sido la pintura y el barniz que ya están viejos y no dan nada de brillo, y por eso se ven tan tristes los ojos, tan opacos.
En fin don, le devolveré el dinero. Voy a buscarlo deme un minuto. ¿Qué que? Que la quiere igual?, pero no ve hombre que esta marioneta no sirve. ¿Qué la quiere igual? A ver dígame ¿Qué clase de niño le parece este?
-:Un niño de la calle don Aldo, un niño de la calle con la mirada más triste y la ropa más sucia que cualquier otro, solo eso, un niño. Es exactamente lo que yo quería, me voy rápido don Aldo, que en un rato empieza la obra, venga cuando quiera y tráigala a Eugenia. Ah, dele mis saludos. ¡Adiós!
-: Adiós... Pucha.... ¡Eugeniaaaaaaa!
-: Sí, te escucho y no te entiendo nada. Es una marioneta, tiene dos piernas, dos brazos, dos ojos y basta.
-: Definitivamente no entendés nada. Pero como si no me conocieras, como que si fuera la primera vez que me ves una marioneta entre los brazos. Una marioneta dos brazos, dos piernas y dos ojos, pero por favor, que chijetes tan grandes decís Eugenia.
-: Pero entonces, decime vos que tenés ahí.
-: Un pibe Eugenia, un pibe, dos pibes, tres, cien, trescientos pibes Eugenia, trescientos pibes escuchando lo que dice esta marioneta, no el que la maneje, viendo como se mueve esta marioneta, no las manos que estén detrás de los hilos. Eso veo, además del pibe que es la marioneta, o que quiso ser, que quiso ser.
-: Vos ves todo eso, ves que tiene vida propia, que habla, salta, juega y yo veo que vos no ves nada mas que lo que queres ver, lo que te incumbe a vos y a ese taller po...
-: Ta bien, ta bien, ta bien. Se acabó. No quiero saber más nada de esta discusión estúpida. Vos andá que yo me arreglo, andá. Ah, gracias Eugenia, gracias, andá, andá que se te enfría el café con leche. ¡Vieja bruja!
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Hola ¿Qué tal? Acá andamos don. Mire, va a tener que disculparme pero no puedo entregarle la marioneta. Sí, sí, yo sé que la necesita con urgencia, pero por mi propia dignidad no puedo entregársela de ninguna manera. Es que me ha quedado horrible, espantosa. A ver don, usted quería un niño de ojos grandes y oscuros, que anduviera descalzo y de pantalones cortos, y yo lo único que puedo darle es una paparruchada. Créame hombre que puedo hacerlo mejor, quizás con un poco más de tiempo y materiales...Pero no sé, mire si me vuelvo a comprometer y después...Si, si yo sé que al menos quiere verla, pero yo no sé si sea bueno que la vea, quizás usted quiera llevarla de todas formas y de verdad hombre, con una mano en el pecho le digo que esto no vale la pena ni intentarlo. En fin, se la traeré ya que insiste tanto, después de todo es suya, usted la pagó, aunque yo la hice, y hasta la quiero como a un nieto, pero bue, así es la vida, es suya.
Verá usted, los pies, los pies no me conforman, estos dedos, estas uñas, están muy largas y gruesas, un niño nunca tendría esas uñas, esas son las uñas de un viejo decrepito como yo, que si por mi fuera me las arrancaría todas de una sola vez para no recordarme cuan viejo estoy cada vez que me veo los pies. En fin, lo de las uñas quizás pudiera solucionarse con un poco de pintura, pero la ropa, eso sí que no. Verá, he usado los retazos de telas que tenía guardados desde la última marioneta que hice, hace como tres años, y los colores ya no son los mismos, Eugenia las lavó, Eugenia es mi esposa, una vieja bruja, no, no, nada, le decía que ella lavó las telas pero durante el lavado han perdido aún más el color y las blancas se pusieron más amarillas todavía, no me explico por qué, pero bueno. Y los ojos ¿le ha visto usted los ojos a esta marioneta? Reconozco que nunca fui excepcional con los ojos, pero estos me han quedado demasiado tristes ¿Los ve? ¿verdad que están muy tristes? Eso ha sido la pintura y el barniz que ya están viejos y no dan nada de brillo, y por eso se ven tan tristes los ojos, tan opacos.
En fin don, le devolveré el dinero. Voy a buscarlo deme un minuto. ¿Qué que? Que la quiere igual?, pero no ve hombre que esta marioneta no sirve. ¿Qué la quiere igual? A ver dígame ¿Qué clase de niño le parece este?
-:Un niño de la calle don Aldo, un niño de la calle con la mirada más triste y la ropa más sucia que cualquier otro, solo eso, un niño. Es exactamente lo que yo quería, me voy rápido don Aldo, que en un rato empieza la obra, venga cuando quiera y tráigala a Eugenia. Ah, dele mis saludos. ¡Adiós!
-: Adiós... Pucha.... ¡Eugeniaaaaaaa!
lunes, mayo 5
Que tanto y que tan poco. Una marioneta sin terminar por un lado y un viejo descuajeringado del otro. De un lado de la mesa la vida y del otro lo que le resta. Y Eugenia en la cocina meta hacer ruido con las cacerolas, y esa maldita lata de puré de tomates que no se deja abrir, como en los treinta y seis años que llevo al lado suyo. Pobre Eugenia, que frustración debe llevar en el alma. Y encima, ahora con los años, la cosa se vuelve peor, porque con esta cuestión del parkinson se le mueven las manos para donde no tienen que movérsele, yo la ayudaría, pero es Eugenia, mi Eugenia, la de los tobillos flacos y los ojos grandes, esa que nunca me acepto un empujón. Pobre Eugenia, toda una vida moviendo muebles, y levantando yunques con esos bracitos de marioneta. ¡La marioneta! Pucha, habrá que ponerse a laburar Aldo, me faltan, los pies, descalzo la quiere, que hincha pelotas, los ojos, “grandes y oscuros”, las manos, difícil las manos de los niños siempre me fueron difíciles de hacer, debe ser porque los niños llevan en las manos la magia de ser niños, y esa, los viejos como yo no la vemos ni en figuritas, si a esta altura ya se ha olvidado uno hasta como se llama, menos se va a acordar como eran las manos cuando era niño y se rascaba la cabeza continuamente, cuando se ensuciaba las rodillas sin quejarse, y cuanto más sucias mejor, y si se rompen un poco, mala suerte, y que siga el baile. Bueno, ¿Qué más? El pelo, el pantalón corto, y con eso termino. Parece que ya está listo el guiso. En cualquier momento me pega el grito. Ahí está. "Ya voy, aguantá que ya voy" "Se te va a enfriar" Respondió Eugenia con más lejanía que la que existe entre la cocina y el taller de las marionetas. ¿No viste donde dejé las pantuflas, Eugenia? Que increíble, yo siempre las dejo en el lugar donde me las saco, esta vez fue al ladito de esta mesa que tengo acá adelante, llena de pinturas y barnices viejos, pero ella aprovecha cualquier distracción para robármelas y ponerlas en algún sitio que ella supone indicado y que a mi me parece el sitio más horrendo de la casa entera, a los pies de la cama, en la alfombrita del baño, al lado del sillón, que mujer tan…tan…ma si "Eugeniaaaaa ¿Dónde metiste las pantuflas?" "Donde van hombre, al lado de la cama" Ya ni la voz se le parece a la de antes. Y los ojos, esos sí que se los cambiaron sin que se avive, pobre Eugenia, si supiera como se está yendo de a poco, un paso un día, otro otro, y así se me aleja la Eugenia que tanto quise, porque aunque nunca fue un amor estrafalario, yo la quise mucho, ella piensa que no, que lo único que pude querer en mi vida fueron las marionetas, pero yo a ella la quise, y la quiero como a nadie, no se da cuenta ni se va a dar cuenta nunca , porque es terca como una mula, pero bue, en fin.
- ¿Vos no comes?
- No tengo hambre, tomé café con leche hace un rato.
- Está rico.
- Esta igual que siempre Aldo.
- Sí, rico.
- ¿Terminaste la marioneta de ese tipo?.
- No, pero para esta tarde ya está lista seguro.
- ¿Qué te falta?
- Los pies, que lo quiere descalzo, no sé por qué, para complicarme la vida nomás, el pelo y los ojos.
- Bue, pero lo más difícil son los pies, porqué el pelo es un ratito y los ojos también.
- Estás loca vos, no te imaginás lo que cuesta dibujarles los ojos a un niño, más si tienen que ser grandes y oscuros, más todavía, no te imaginas. Pasame la sal. Nunca le ponés sal a la comida vos eh.
- Vos nunca tardaste en hacer los ojos de las marionetas, ¿Desde cuando estás tan exquisito?
- No estoy exquisito Eugenia, pero hay cosas que hay que hacerlas bien, ¿Sabes vos cuanto le cambian la cara los ojos a la gente? Con las marionetas pasa lo mismo. Ponele, vos ya no tenés los mismos ojos de antes, yo me di cuenta hace un ratito nomás, por tanto, no sos la misma Eugenia de antes, tenés otra cara, otro brillo, otro, que se yo, otra cosa.
- Yo no tengo los mismos ojos por las cataratas, son los años Aldo, pasa que vos no los ves pasar, te sentás en el taller, a ordenar tarritos y clavitos, y pin pan pum se te pasa el tiempo Aldo, se te pasa, vos no te das cuenta.
- Que cataratas ni cataratas Eugenia, yo no te hablo de eso, te hablo de la mirada más que de los ojos, es fácil ver los ojos Eugenia, es muy fácil que mañana venga Rosa y te diga que estas mejor de las cataratas, pero no lo es encontrarte una mañana y verte con los ojos cambiados, como si te hubiesen puesto otros, que hacen todo distinto, miran distinto, dicen distinto, caminan distinto, hasta cocinan distinto.
- Que sé yo Aldo, para mi mis ojos son los que tuve siempre, vos tampoco estás echo un pibe, rengueas de una pierna, tenés una panza enorme, el pelo blanco, a todos nos llega Aldo, la vejez no se le escapa a nadie, excepto a la muerte. No sé para que te digo todas estas cosas, vos las sabes mejor que yo, me haces hablar de gusto nomás. Anda a terminar la marioneta que te queda poco y el pobre hombre te pagó por adelantado.
Que disparate. Que disparate. Esta Eugenia no entiende nada, nada de nada, es un marciano, un pescado, ni siquiera un pez, un pescado, bobo, recién pescado. Que disparate, yo no sé, no sé, no sé, no sé.
Voy a terminar con esto, que pocas ganas, que feo, siempre me encantó hacer marionetas, pero estoy cansado che, en algo tiene razón esta vieja Eugenia, los años van pasando che, yo me doy cuenta ahora que tengo esta cosa para terminar, porque es una cosa, esto todavía no puede llamarse marioneta, y tan pocas ganas...
- ¿Vos no comes?
- No tengo hambre, tomé café con leche hace un rato.
- Está rico.
- Esta igual que siempre Aldo.
- Sí, rico.
- ¿Terminaste la marioneta de ese tipo?.
- No, pero para esta tarde ya está lista seguro.
- ¿Qué te falta?
- Los pies, que lo quiere descalzo, no sé por qué, para complicarme la vida nomás, el pelo y los ojos.
- Bue, pero lo más difícil son los pies, porqué el pelo es un ratito y los ojos también.
- Estás loca vos, no te imaginás lo que cuesta dibujarles los ojos a un niño, más si tienen que ser grandes y oscuros, más todavía, no te imaginas. Pasame la sal. Nunca le ponés sal a la comida vos eh.
- Vos nunca tardaste en hacer los ojos de las marionetas, ¿Desde cuando estás tan exquisito?
- No estoy exquisito Eugenia, pero hay cosas que hay que hacerlas bien, ¿Sabes vos cuanto le cambian la cara los ojos a la gente? Con las marionetas pasa lo mismo. Ponele, vos ya no tenés los mismos ojos de antes, yo me di cuenta hace un ratito nomás, por tanto, no sos la misma Eugenia de antes, tenés otra cara, otro brillo, otro, que se yo, otra cosa.
- Yo no tengo los mismos ojos por las cataratas, son los años Aldo, pasa que vos no los ves pasar, te sentás en el taller, a ordenar tarritos y clavitos, y pin pan pum se te pasa el tiempo Aldo, se te pasa, vos no te das cuenta.
- Que cataratas ni cataratas Eugenia, yo no te hablo de eso, te hablo de la mirada más que de los ojos, es fácil ver los ojos Eugenia, es muy fácil que mañana venga Rosa y te diga que estas mejor de las cataratas, pero no lo es encontrarte una mañana y verte con los ojos cambiados, como si te hubiesen puesto otros, que hacen todo distinto, miran distinto, dicen distinto, caminan distinto, hasta cocinan distinto.
- Que sé yo Aldo, para mi mis ojos son los que tuve siempre, vos tampoco estás echo un pibe, rengueas de una pierna, tenés una panza enorme, el pelo blanco, a todos nos llega Aldo, la vejez no se le escapa a nadie, excepto a la muerte. No sé para que te digo todas estas cosas, vos las sabes mejor que yo, me haces hablar de gusto nomás. Anda a terminar la marioneta que te queda poco y el pobre hombre te pagó por adelantado.
Que disparate. Que disparate. Esta Eugenia no entiende nada, nada de nada, es un marciano, un pescado, ni siquiera un pez, un pescado, bobo, recién pescado. Que disparate, yo no sé, no sé, no sé, no sé.
Voy a terminar con esto, que pocas ganas, que feo, siempre me encantó hacer marionetas, pero estoy cansado che, en algo tiene razón esta vieja Eugenia, los años van pasando che, yo me doy cuenta ahora que tengo esta cosa para terminar, porque es una cosa, esto todavía no puede llamarse marioneta, y tan pocas ganas...
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