jueves, enero 8

Cuando se despertó, miró hacia ambos lados de sí, y solo encontró las sábanas terriblemente desarregladas, llenas de licor de café y de menta, sangre y quemadas de cigarrillos. El hombre se tocó la cabeza, se dio un sacudón de hombros y un cachetazo en la frente, intentando recordar la dama con la que había dormido tantos días, ó tan pocos minutos. Puso un pie en el suelo y sintió que temblaba. Fue hasta el baño de la habitación que nunca antes había usado, y se mojó la cara tantas veces que la piel de las manos se le arrugó como cuando era un niño en la piscina del Club Náutico del pueblo. Se miró al espejo y casi no pudo ver su reflejo por la cantidad de mosquitas (esas que vienen por la humedad) que habían puesto sus patitas en miniatura sobre aquél.
Una vez que se hubo vestido intentó salir de allí para irse a cualquier parte, entonces notó que estaba encerrado, que alguien del otro lado le había trancado la puerta como si fuera un león con hambre capaz de devorarse un hombre de un bocado. Insultó al espíritu santo, a la madre santísima y al mismísimo Dios por si lo escuchaban aunque sea esta vez y prefirió esperar en silencio, porque no tenía ni la más mínima idea de dónde podía encontrarse, así que más valía evitar problemas que ocasionarlos.
Se juró que aquella había sido la última borrachera de su vida, que ya no habría festejo que le valiera para probar un trago de alcohol, que no existiría mujer en el universo capaz de hacerle mojar los labios en un vaso de vino, o en una copa de champaña, que a partir de ese instante se declaraba abstemio, y sobrio para toda esa vida.
Se sentó en el borde de la cama y por largas horas recurrió a los recuerdos nublados y olorosos de la noche anterior para ver si podía aunque sea saber cómo había llegado hasta aquel sitio tan horrible donde había pasado vaya a saber uno cuánto tiempo ya, sin nada qué beber, sin televisión o a penas un libro para entretenerse, en plena oscuridad de una luz roja, sudando frío por la temperatura y el miedo. Empezó a dibujar en el aire la imagen de la mujer que había aparecido en el bar cuando casi terminaba la noche, vestida de negro, maquillada hasta la médula, con tacos de casi veinte centímetros, o lo que valgan los veinte centímetros de un hombre ebrio. Se llamaba Eugenia, tenía la piel blanca, aros enormes que le colgaban de las pequeñitas orejas y anillos que casi le ocupaban las falanges enteras. Usaba medias de red, recordaba habérselas quitado en esa misma cama.
-Ha de haber sido una puta que salió del hotel de al lado del bar y se metió allí para hacer unos pesos. Al ver que yo me había quedado sin nada con que pagarle, salió, tiró la llave vaya a saber uno a donde y se marchó. Seguro le ha dicho al portero de esta pocilga que yo debería abonarle, pero que no me despertara hasta que lo pidiera, así debo pagar más - Se dijo José, e inmediatamente comenzó a golpear la puerta y a gritar cualquier tipo de groserías para que algún maldito le abriera esa puerta de porquería porque sino el terminaría por tirarla abajo ó romperla a patadas. Y entonces se sintió que alguien colocaba una llave del otro lado de la habitación. José retrocedió hasta chocarse con la cama, dónde cayó sentado.
-¡Ey hombre! ¿Pero te has vuelto loco? ¿Qué son esos golpes y esos insultos?
- ¡Vos! ¡Dejame salir! ¿Dónde me metiste? ¿Cuánto hace que me tenés encerrado?
- No puedo dejarte salir, eso no.
- ¿Qué? ¿Cómo que no podés dejarme salir? ¿Pero vos estas loca mujer? Dame la llave.
- No, no estoy loca, y me llamo Eugenia, así que más respeto conmigo porque vas a terminar en un lugar que no te va a gustar.
- Para un poquito, porque no entiendo mucho. No entiendo nada. ¿Quién sos vos?
- María Eugenia Laparca, ya te lo he dicho creo.
- No recuerdo, y ¿De dónde saliste? ¿Vos sos de las prostitutas de Omar?
- No cariño, yo no soy prostituta, ni mucho menos, Jaja, me haces reír vos.
- Y ¿Quién sos entonces? ¿Por qué me encerraste?
- Te lo repito, a ver si entendés aunque sea la primera parte, María Eugenia Laparca me llamo ¿Te suena a algo?
- ¡No me digas!
- ¿Qué no te diga qué?
- ¿Laparca?
- Sí, Laparca.
- Pero, vos y yo dormimos juntos, yo me acuerdo, poco pero me acuerdo, vos entraste al bar, te acercaste a mí, y yo te invité una copa, un cigarrillo y luego vinimos hasta acá, hicimos el amor y yo me dormí, y ahora me decís que vos sos María Eugenia Laparca, me decís que...¿Que estoy muerto?
- Sí cariño, lo estás.
- Pero, y ¿Por qué no me lo dijiste ayer, cuando me viniste a buscar?
- Cosas de la muerte José, ¿Quién te dijo que yo no puedo divertirme un poco? Al fin y al cabo deberías estar agradecido, viviste casi tres horas más a cambio de hacer el amor con una mujer de cabello largo, labios gruesos, tetas grandes y cintura angosta. Más no podés pedir José. Más no.

jueves, diciembre 18

Te pido por favor que te corrás.
No quiero ser ordinaria, pero ya no hay más espacio en mi encéfalo.
Todos los asientos del bulbo, el puente y el tálamo también, están ocupados. Lo lamento.
Están muy acomodaditas las moscas de hoy a la tarde, aunque se están poniendo inquietas, y entre la falta de espacio y el revoloteo de las alas me están apretando las paredes craneales a tal punto que en cualquier momento se me revientan las suturas y quedo bañada en liquido cefalorraquídeo, hasta los pies. Y eso no te va a gustar, porque voy a quedar como una lechuga recién lavada.
En la médula tampoco, ya te dije. No hay más lugar. Se me hinchan los nervios espinales cada vez que leo el diario y se me meten por entre las costillas y me hacen cosquillas, a veces hasta causar la relajación de mi esfínter uretral externo.
Si querés te puedo ofrecer un riñón, siempre y cuando te portés bien. Muy bien.
Ahora sí, las glándulas suprarrenales me las dejás en su lugar, no vaya a ser cosa que me baje la presión y después no me funcione el sistema Renina – Angiotensina – Aldosterona y me dé un shok, porque si paso el segundo grado, otra vez me vuelvo lechuga.
Los pulmones no. Seis años de tabaquismo son seis años de tabaquismo. Además tendrías que repartirte entre mis alvéolos y corro el peligro de que se me colapsen si en algún momento te agarran ganas de emborracharte y te tomás el factor surfactante del pico. Los pulmones no, está decidido.
Del corazón te puedo ofrecer el ventrículo izquierdo, pero ese justo es el que realiza la eyección ventricular a la aorta para que me llegue sangre fresquita a todo el cuerpo y si vos me ocupas el espacio, se me achica la cámara y me queda menos volumen de fin de diástole, disminuye el retorno venoso, el gasto cardíaco y otra vez corro peligro de shock.
Podrías meterte en la vesícula biliar si no fuera porque tendría que reducir significativamente el número de grasas de mi dieta y eso no me agrada.
La vejiga no. Voy a tener ganas de hacer pis todo el tiempo y después alguna enfermera loca le va a recomendar a un médico la opción de la sonda de Folley si me obstruís el esfínter cuando te acomodes para dormir, idea que no me causa gracia a pesar de la corta longitud de mi uretra y la facilidad que esto trae para la colocación.
El estómago y los intestinos no. Hay absorciones de todo tipo y al final, terminarías saliendo de mi cuerpo como menos te gustaría salir.
Te dejo la piel. El órgano más grande que tengo. Ahora sí, no te quejes si aumenta la actividad de mis glándulas sudoríparas. Eso es una cuestión involuntaria.





16/12/2008

sábado, noviembre 22

Comprendo que las flores que te regalé ya se hayan marchitado.

Comprendo que el gato maullé de hambre y que el pájaro siga en la jaula aunque lleva más de diez días de muerto.

Comprendo que los platos ya no puedan lavarse porque la mugre se les ha pegado tanto que más vale comprar unos nuevos.

Comprendo que las cerámicas del comedor estén bañadas en barro.

Comprendo que las sábanas estén pegoteadas y que las almohadas sepan a sudor y estén húmedas de baba, mocos, y lágrimas.

Comprendo que la puerta este siempre abierta y que el viento haya destrozado todos los vidrios de la casa.

Comprendo que las canillas del baño goteen día y noche, que se haya oxidado la bañadera y que el inodoro parezca tener vida propia.

Comprendo que la basura este esperando en el patio que alguien se digne a sacarla desde no sé cuando.

Lo que ni siquiera adivino aún es por qué lloras.

jueves, octubre 2

¿Por qué será que se esconde? Yo más de una vez creí que era por mí que se iba, pero después me di cuenta que no, que es algo todavía peor, algo que le pincha en el cuerpo, pero que le pincha muy hondo, a tal punto que tiene que marcharse para respirar, aunque sea monóxido de carbono lo que le espere del otro lado de la puerta y sepa que no va a tolerar mucho tiempo que ese humo negro se le meta por la nariz y por la boca, y por la piel y vaya a saber uno por donde más, hasta el corazón. A veces me dan ganas de preguntarle pero es como si a mi también me pinchara algo cada vez que se me cruza semejante idea en la cabeza. Porque Nicolás, a pesar de todo, no sabe escabullirse, el cree hasta en lo más profundo de su conciencia que no está ahí, en el mismo lugar que yo, y que los demás, pero yo lo veo, a través del cemento y los ladrillos de las paredes de la ciudad, le escucho decir tantas cosas cuando anochece, aunque estemos lejos, aunque me empecine en taparme los oídos con migas de pan y me encierre en el baño a fumar y leer revistas viejas, aunque piense que no, lo escucho como si estuviera aquí mismo, ahora mismo, en esta vida y no en la otra como piensa él que es adonde se va. Por eso debe ser que no me animo a decirle. Por ese asunto de que es como preguntarme a mí por qué escucho su voz aún cuando está en el más simple de los silencios, esos que se le ocurren a él porque sí nomás, porque prefiere quedarse callado antes de que uno le encuentre en las palabras algún indicio de ternura, o de pasión, como si fuera él se derritiera como un hielo a pleno rayo del sol si le descubriéramos sangre en las venas, y al final, sin quererlo todos nos diéramos cuenta de que se nos parece tanto que da miedo, que es más humano de lo que imaginamos, que nunca fue un bicho, ninguno, ni siquiera alguno de los más bonitos, que se nos parece tanto a cada uno de nosotros, y que al mismo tiempo es otra cosa distinta, una especie de hombre que nadie conoce, que nadie se preocupa por investigar, que se nos parece tanto.
Por eso no me animo a preguntarle de qué se esconde, porque yo se que es de todo eso que conversamos cuando cenamos en la mesa redonda del living en vez de en la mesadita chica cocina, porque es lo que a cada ratito me dice él cuando me mira a los ojos y se va llevándose el cigarrillo a la boca y mirando un poco al costado y un poco al piso, ahí él me dice de qué se esconde, que es un poco de todo, un poco de cada cosa, un poco de cada uno, un poco de él mismo, que se esconde porque el pobre no se aguanta tantas conversaciones y prefiere sentarse en algún pastito húmedo de Buenos Aires a ver si aparece alguien que le llame la atención, y así puede estar horas, porque cuando se le pone en la cabeza la idea de desaparecer ya no le importa nada más que hacerse fantasma y contarme sin hablarme cosas que yo no entiendo y cosas que me ponen la piel de gallina, por lo bonitas.
Por eso no me animo a preguntarle de qué se esconde, porque al fin y al cabo, él también debe escucharme cuando yo hablo sola en el baño, o en la plaza, o en el mercado de los chinos, y ellos me miran y me miran, y yo sigo hablando sola, pero hablando con él, sin que nadie se de cuenta, incluyéndome, porque al final yo siempre termino metida en la misma bolsa que los demás y él no, el se queda del lado de afuera tratando de desatar el nudo pero casi nunca puede, entonces yo termino yendo a un tacho de basura y él a otro, que nunca está cerca del mío, que siempre es de otro color, o de otro material, y hasta cuando nos reciclan estamos en distintas atmósferas, en distintos paralelos, pero sabiendo en cuál está cada uno de los dos, y eso es lo más feo, porque casi nunca nos podemos escapar y juntarnos en el mismo espacio ni en el mismo tiempo, siempre andamos dando vueltas en círculo, y al final nunca nos vemos las caras si no es porque a alguno de los dos se le cae algo al piso y nos encontramos flotando en una laguna de agua tibia de algún lugar del mundo, de algún año del milenio, que seguramente no coincide con el del otro, entonces seguramente, él o yo, movemos la mano saludando al reflejo, quizás le tiramos un beso y nos damos vuelta contra la pared, acomodamos la almohada y al otro día cebamos mate amargo durante muchas horas para sentirnos mejor de lo que merecemos, para meternos a empujones en la cabeza la idea de que estamos bajo el mismo techo, enredados entre las mismas sábanas, escondidos detrás de los mismos cuerpos de papel crepé que nos tocaron.

viernes, septiembre 26

Era mentira que la realidad era de en serio, real. En algún momento se cruzaron en una vereda la imaginación y la certeza, como se cruza un ciruja con un perro callejero para luego andar juntos por todos lados. Pero siempre sin exceder esa simple rayuela de tiza amarilla y celeste en un patio de baldosas grises que desaparece en el tiempo, por las dudas.
Ojalá, -pensó el Sauce-, ojalá no se hubiesen conocido nunca estos dos, ahora uno anda meándome los pies y el otro me desparrama vino berreta en el suelo.
Y no se dio cuenta, que andaba encantado de emborracharse de vino y orín a diario, y terminar en un sinfín de alucinaciones de media tarde que se vivían a fuerza de ramas y hojas doradas la mañana siguiente, sin asombro de ninguno de los tres.
Y entonces- se preguntó el Sauce- ¿Eso que viene ahí será el viento, ciruja? ¿O quizás una mera brisa de verano?
El ciruja, socavado en un espejismo de mujeres desnudas y billetes verdes, pidió al árbol que hiciera silencio un poco, que lo dejara terminar de ser sueño y el perro siguió intentando mordisquearse la cola con un afán de acróbata frustrado, hasta que le pidió al Sauce (o le ordenó mas bien) que se dejara de molestar con esas pavadas de viejo que se traía los últimos días, que al fin y al cabo, la brisa era viento y el viento era brisa si se quiere y que los dos mueven las hojas de las ramas, uno un poco más que la otra, pero los dos las mueven, que es lo importante
.

miércoles, septiembre 17

Que los vivos respiren mas fuerte, y consuman todo el oxígeno del mundo en un santiamén.
Que los muertos se entierren solos en el mar hasta que el agua se canse de ellos y los deje en la arena.
Que los vivos caminen.
Que los muertos esperen.
Que los vivos piensen.
Que los muertos crean.
Que los vivos griten.
Que los muertos sigan callando.
Que los vivos destruyan fronteras.
Que los muertos levanten muros.
Que los vivos actúen.
Que los muertos imploren.












Que nunca más mueran los vivos por los
muertos y que los muertos se levanten de la silla hoy,
y vivan por los que ayer murieron de pie.

martes, septiembre 16

Damián:
Te escribo esta carta porque creo que estoy a punto de enloquecer. No, no es una broma más. Esta vez hasta tengo miedo de esta obsesión que me persigue por todos lados y a todas horas hermano. Es que en los últimos días no he pensado en otra cosa que no sean mis pies. Y los tuyos, y los de aquél, los pies de la humanidad Damián, esos mismos. Ya sé que suena raro, pero le he dado mil vueltas al asunto para contártelo de otra manera y todas me han parecido estúpidas, irónicas, escasas.
Es que esta bola se ha hecho demasiado grande Damián, y no es justamente de nieve, porque me quema en las entrañas y me las vuelve cenizas, tanto que de pronto, me dan unas ganas de vomitar que asustan, y no dan tregua. ¿Entendés lo que te explico? Damián, me levanto a la mañana pensando en pies, y me acuesto a la noche haciendo lo mismo. Ni siquiera puede decirse que duermo porque hasta en los sueños son lo único que veo. Las personas que sueño no tienen más cuerpo que dos pies, incluso te soñé a vos hace pocas noches, no sé cómo supe que eras vos, pero lo supe, estábamos en el parque Centenario y fumábamos sin cansarnos (lo sé porque se veía el humo en el aire, ya te digo, no puedo ver nada que esté más arriba de los pies) y charlábamos del mundo, y sobre cosas sencillas que son maravillosas, esas cosas que siempre hicimos mate por medio Damián, esas cosas . En fin.
No puedo explicarte el por qué de esta obsesión, el por qué de esta tortura, pero si puedo decirte que mi conciencia se ha vuelto en los últimos días en la tirana más impiadosa que he conocido en todos estos años de vida que tengo y ya me está estorbando la presencia, aunque con esto no quiero decirte más que enserio estoy asustada. Verás, hace poco empecé yo con todo esto de los pies. Se me ocurrió que los seres humanos debiéramos de andar todos descalzos para equilibrar un poco esta balanza del mundo que cada vez se entierra más hasta el fondo de la tierra y al mismo tiempo anda por los cielos degustando gases, (y creo que te lo comenté en alguna otra carta, ¿no es cierto?), y desde esos días es que ya no he tenido otro pensamiento. Salgo muy poco a la calle y cuando lo hago camino con la cabeza baja, fija en las baldosas, mirando ya te imaginaras qué cosa. Busco en los zapatos de las personas algún agujero que me deje satisfecha, pero esta tarea se complica cada vez un poco más, descalzos en esta ciudad quedamos muy poco, vos lo sabés.
Así estoy, por muchas horas, por muchas horas de mi vida, deambulando de aquí para allá, sin dormir, sin comer, sin estar. Y cada vez que me echo en la cama (sí, me echo, como una bolsa de papas, rendida de tanto sacrificio, de tanto buscar) me pregunto lo mismo y armo un sinfín de teorías sobre el origen de esto que me pasa. Pero siempre me pregunto lo mismo. Siempre Damián. ¿Será que alguna vez, nos descalcemos todos juntos, al mismo tiempo, y pisemos esta tierra tan fuerte que nos duelan los talones, que se nos claven en la planta de los pies (y ya perdí la cuenta de cuantas veces dije esa palabra en esta carta amigo) digo, que se nos entierren en la piel hasta las raíces de los árboles? ¿Será algún día Damián? ¿Faltará mucho todavía? Y decime ¿Qué estamos esperando, eh?
Un abrazo, desde este rincón del planeta.
Ya sabés quién.





(Como que a veces se necesita vomitar, sin importar que sea bueno o malo el vómito)